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Negocios
El Nuevo Dia
Sunday, June 29, 1997
Opinión

El Superacueducto vs. la ciudad

Lo más interesante del de-bate y la controversia que rodean al proyecto del Superacueducto es que gravitan tácitamente en torno a una gran interrogante: ¿cuál es la verdadera utilidad del proyecto? En un principio parecía indudable que era una gesta heroica para proveer al área metropolitana con un superávit de agua y así librar finalmente a los ciudadanos capitalinos del espectro de la sequía de 1994. Sin embargo, es ya sabiduría popular que una tercera parte de los 75 millones de galones diarios que se pretenden extraer de la región de Utuado están destinados a promover el desarrolío de 50,000 nuevas viviendas uní-familiares, con sus respectivos centros comerciales, entre Arecíbo y Bayamón. Por lo tanto, queda claro que el Superacueducto no sólo servirá para abastecer de agua a la capital, sino también para potenciar su ya exacerbado crecimiento horizontal.

Aquellos que abogan en pro de este proyecto (al que ya se opone la mayoría de la opinión pública) vienen utilizando una retórica persuasiva con dos vertientes principales. La primera se fundamenta en el alarmismo. Se representa la sequía como una crisis nacional y al Superacueducto como la única solución viable, olvidando que la obra no estará finalizada en el futuro inmediato y de que, consecuentemente, no supone solución al problema del presente. La segunda se esconde tras la rúbrica expiatoria de la economía: se argumenta que el Supera-cueducto es la solución mas costo efectiva hasta el año 2050", dando a entender que la opción correcta es la más barata. Pero todavía no hemos sido informados de los parámetros utilizados para determinar la "efectividad" de la inversión. Si en la ecuación consideramos los costos a largo plazo del desmesurado incremento en tejido urbano horizontal que resultará de esta inversión podremos constatar que el Superacueducto no es tan rentable como podría parecer en un principio.

La defensa del Superacueducto evidencia una ceguera estratégica que no sólo obvía los altos costos medioambientales, urbanos y sociales a largo plazo del proyecto, sino que también los tergiversa y presenta como síntomas positivos de progreso. Tomemos por ejempío las 50,000 viviendas unifamiliares que viabilizará el proyecto y que se sumarán a las 78,083 que-según el Negociado de Estadísticas de la Junta de Planificación-se han construido en Puerto Rico entre 1980 y 1995. La totalidad de estas viviendas se habrá erguido fuera de los ya existentes (y vacíos) cascos urbanos, destruyendo más de 11,000 acres de áreas verdes. El volumen de construcción por año y la resultante deforestación llevan aumentando inexorablemente durante estos últimos 15 años, contribuyendo significativamente al aumento en la sedimentación que merma la capacidad de los embalses. El 90% del bosque original de la Isla se ha erradicado, incluyendo el 75% del bosque de mangle. La topografia de monticulos o "mogotes" que caracterizó en su día a Puerto Rico se esfuma ante las apisonadoras. Queda sólo el trágico y dudoso orgullo de vivir en un país que tiene cuatro veces más carreteras por kilómetro cuadrado que Estados Unidos. Lejos de frenar la destrucción indiscriminada e irreversible de la Isla, el Superacueducto confunde el progreso con convertirnos en un gigante en miniatura de asfalto y hormigón.

Que los recursos naturales de un país no son inagotables y que los excesos de hoy resultan en escasez mañana son ideas populares. Sin embargo, resulta extraño constatar que nuestros esfuerzos constructivos, en vez de abogar por el mantenimiento y reciclaje de los cascos urbanos y de su infraestructura existente en deterioro, se vuelcan en potenciar la construcción de nuevas y peores viviendas unifamiliares mediante proyectos de infraestructura inadecuados. Nuestra responsabilí- dad es proveer alternativas que solucionen las necesidades habitacionales de nuestra población salvaguardando los recursos naturales de la Isla para las generaciones futuras. No es viable basarnos únicamente en los "criterios económicos" y de "mercado" de hoy al planear el mañana de Puerto Rico. No debemos de valorar el bienestar de la economía y el lucro instantáneo de unos pocos por encima del bienestar general a largo plazo de los ciudadanos y de la supervivencia ecológica de la Isla.

Hoy por hoy es común escuchar que en Puerto Rico hay "un problema de vivienda". Pero ningún problema complejo tiene una solución, y menos el de vivienda. El crecimiento horizontal de las urbes que potenciará el Superacueducto no es la única opción, aunque siendo la que más a menudo aparece en los medios, es la que más obvía nos parece. Está la opción del reciclaje. Todos estamos convencidos de que hay que reutílizar las botellas de plástico y el papel. ¿Por qué no reciclar también nuestras ciudades? ¿Por qué no invertir en mejorar la infraestructura urbana para potenciar la regeneración y densificación de zonas en deterioro? Estableceríamos así la sabia y necesaria conjunción entre naturaleza y construcción que es el verdadero síntoma de una sociedad primer mundista responsable.

Hemos de pensar que la tipología de construcción de vivienda unifamiliar, introducida en Puerto Rico de forma masiva desde los '50 y cuya médula respalda el Superacueducto, induce la fragmentación de la sociedad y la imposición de la ideología económica prevaleciente, al tiempo que reduce drásticamente el espacio público e impide la movilización de manifestaciones y opiniones alternativas. La verdadera razón de la urbe tradicional nunca fue ser el hogar de muchos. Lo que tiene la ciudad de ciudad, no tiene nada de doméstico. La polis fue la invención de una nueva clase de espacio que, centrado alrededor de un foro donde se discutían los quehaceres públicos, servia de foco colector de aquellos que deseaban vivir en comunidad; de aquellos que tenían algo en común. Las urbes que han servido a sociedades basadas en la discusión y mediación de la cosa pública han sido siempre densas y concéntricas, volcadas hacia el foro o la plaza. Para mantener los baluartes que protejan la libertad democrática y permitan y potencien el debate público debemos darle vigor y permanencia a nuestras ciudades. Dejar que nuestras urbes se descompongan entre una infraestructura obsoleta y potenciar que las ciudades dejen de serlo para derramarse por el campo destruyendo nuestros recursos naturales, diezmando el diálogo social y limitando el debate público a medios especializados, implica minar los pilares que le dan estabilidad y fuerza a nuestra sociedad para mejorar el futuro.

El autor es profesor de diseño y teoría de la arquitectura en la Universidad Politécnica de Puerto Rico.